Equivocarse es un hecho inherente a todo ser humano y, sin embargo, muchas personas —la mayoría de nosotros— tendemos a sentir emociones negativas cuando fallamos, obviando que es un paso más en el proceso de aprendizaje continuo de la vida y rozando la tentación de confundir error con fracaso.
Lo cierto es que equivocarse es de humanos, no de fracasados; de lo contrario, seríamos de otra especie inventada.
Me atrevo a decir que nos volvemos inhumanos cuando no reconocemos que el error es parte de nuestra naturaleza y que, en ocasiones —aun poniendo toda la pasión del mundo— nos podemos equivocar.
Recuerdo cierta vez un evento que me marcó muchísimo: trabajaba para una empresa gerenciando eventos y me correspondía —en aquella oportunidad— la organización y logística de un acto importante en el que participarían empresarios de alto rango. La actividad iniciaba con un almuerzo en mesa servida. Uno de los participantes había apuntado con anticipación que era alérgico a los mariscos; otro notificó que no consumía carnes rojas; en fin, había que complacerlos a todos. Lo cierto es que tales novedades fueron advertidas a mi asistente y a ella se le pasó por alto notificarlo.
La tarde anterior a la jornada, mientras realizaba los últimos ajustes pertinentes, me percaté de las observaciones y, justamente, el menú incluía mariscos y carnes rojas. Inmediatamente notifiqué a la agencia de festejos la inclusión de estas notas especiales para los comensales y, aunque el asunto pudo resolverse a tiempo, no me faltó el disgusto hacia mi asistente. Su respuesta cálida y firme no se hizo esperar: “Tengo derecho a equivocarme”.
Profundizando en lo anterior —honestamente— no creo que el hombre tenga derecho a equivocarse. Aquí no se trata de derechos: no tenemos verdadero “derecho” al error. Lo que sí tenemos es derecho a ser comprendidos en nuestros fallos, a ser aceptados con nuestras equivocaciones, a ser perdonados por nuestras estupideces, a ser reconocidos como hombres y mujeres que inevitablemente cometerán setenta veces siete tonterías por año. También —acoto con responsabilidad— tenemos el deber moral y espiritual de asumir las consecuencias de nuestros fallos, con el firme propósito de enmienda. Me temo que, mientras esta ley no sea aplicada y reconocida por todos, no conseguiremos un mundo vivible.
Hacia mi asistente —volviendo a lo anterior— ofrecí una disculpa por mi enojo. Ambas nos equivocamos, no con derecho a hacerlo, sino con humanidad inadvertida.
Asimismo, me permito acotar que nunca he creído en la santa intolerancia y no me parece que tenga mucho que ver con el cristianismo. Lo cristiano, me parece, es aquello que aspira al ideal, pero que parte de la aceptación del hombre tal como es y de los muchos sacos de perdón dispuestos para su empleo.
Más allá del error existe, desde luego, el tema del bien y del mal. Paso a paso, la vida nos va develando cuánto bien se esconde entre los pliegues del mal, y cuánto mal se agazapa detrás de muchos recovecos del bien.
Y uno va aprendiendo a perdonar cuanto más descubre dentro de sí la necesidad que tiene de perdón.
En este punto evoco una célebre enseñanza de San Agustín: “Se puede ser muy cruel al perdonar” cuando se perdona desde arriba, desde la dignidad del ofendido. Más tarde descubrimos que el verdadero perdón es el que no se nota, el que incluso nos sale del alma sin esfuerzo, naturalmente.
Y mientras escribo esta nota, asumo el compromiso del perdón, tanto como adquiero conciencia de que Él me perdonará, así como yo he perdonado.
El derecho a equivocarse abre senderos de paz, justicia y libertad.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Venezuela
Isabella Orellana
Locutora católica, esposa y madre.
Docente en el Área de Teología.
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 75, que corresponde al mes de febrero de 2026.
