Este mes quiero hablar de cómo los demonios que todos, y cuando digo todos, todas las personas, nadie queda exento de esto, porque están allí, ocultos en el vórtice más oscuro de nuestra alma, de nuestra humanidad.
Aparecen en momentos cruciales de nuestra historia, y cuando lo hacen son devastadores, crueles y ocasionan daño; pero, a ver, cuando hablo de demonios no me refiero a los de las películas de exorcismos a los que el cine nos tiene acostumbrados.
Hablo del otro demonio, que en las tiras cómicas o dibujos animados aparece como un diablillo de color rojo, con cuernos, dos alitas y un tridente. Ese que nos susurra al oído que no escuchemos, que no hagamos caso, que nos dejemos llevar por la situación. Ese que alimenta el orgullo cuando alguien nos corrige, que aviva el rencor cuando nos hieren, que justifica una mentira “piadosa”, que nos invita a responder con soberbia o indiferencia. Y si somos descubiertos, nos convence de que qué más da, que el daño ya está hecho y que, por más que pidamos disculpas y juremos que nunca más lo haremos, en el fondo no estamos del todo arrepentidos. Porque ellos siguen allí, escondidos, riéndose, y hasta dejamos escapar una mueca en nuestro rostro sin que nos demos cuenta.
¿Por qué en esta sección hablo de esto? Porque me recordó a la lectura del evangelio de Mateo 4, 1-11, donde Jesús es tentado por el demonio. El pasado 22 de febrero del corriente, cuando daba inicio a la Cuaresma, estando en Misa y al escuchar la homilía del sacerdote, volví a percibir esos susurros interiores, esas pequeñas risitas que buscan distraerte y llevarte a que los ayudes a salir, a que les abras la puerta en una discusión, en una decisión apresurada, en un gesto impulsivo.
No se trata de escenas espectaculares ni de posesiones extraordinarias. Se trata de lo cotidiano: una palabra que hiere, un silencio que castiga, una actitud que divide, una reacción desmedida que deja marcas en quienes más queremos. Son esos momentos en los que sabemos que podemos elegir el bien, pero algo dentro nos empuja hacia lo contrario. Y si cedemos, el daño no tarda en aparecer, especialmente en ese pequeño grupo que está a nuestro alrededor y que confía en nosotros.
Quizás parezca un poco turbia la bitácora de este mes, pero es un tema que he vivido, no por comentarios ajenos, sino en carne propia. Y les puedo asegurar que cuando dejamos salir esos demonios interiores, el impacto es más profundo de lo que imaginamos. No solo lastiman a otros, también nos vacían por dentro.
Por eso, mi consejo es claro: no permitan que ellos tomen el poder. Reconocerlos ya es un primer paso. Identificar cuándo habla el orgullo, cuándo asoma la envidia, cuándo la ira empieza a ganar terreno. Y en ese instante, elegir distinto. En su lugar, que sea Jesús quien esté siempre en ese vórtice, pero no de oscuridad, sino de amor. Que sea Él quien ocupe el centro de nuestras decisiones, quien modele nuestras palabras, quien inspire nuestras reacciones.
La batalla es interior y es diaria. Pero también es posible ganarla cuando no peleamos solos.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 76 que corresponde al mes de marzo de 2026.
