Todos hemos llorado y hemos experimentado lágrimas, esas que muestran nuestros verdaderos sentimientos, lo que guardamos en lo más profundo de nuestro ser y lo que realmente expresa la angustia que aparece de muchas formas. Hemos llorado y pocas veces lo externamos. Nos escondemos para que nadie sea testigo de nuestras lágrimas, porque pensamos que llorar nos vuelve débiles. Las lágrimas de los hombres son diferentes a las de las mujeres, aunque en términos físicos están hechas de lo mismo: agua con sodio.
Las lágrimas de los hombres, en general, se ahogan en la garganta y se quedan en el corazón; se controlan y se esconden en lo más profundo. Solo cuando el dolor es inmenso y la pena sobrepasa la fortaleza es cuando un hombre se derrumba y entonces llora, llora con tanto sentimiento que es casi imposible detenerlo; pero es liberador. Cuando un hombre se permite experimentar el sentimiento más sublime del dolor es cuando comienza a sanar.
Las lágrimas de las mujeres siempre van acompañadas de explicaciones y de abrazos; ellas buscan la compañía, a diferencia de los hombres, que prefieren llorar en soledad. Ellas muestran sentimientos y preocupaciones; sus lágrimas son capaces de marchitar a cualquier alma fuerte. “Jesús lloró” (Juan 11, 35).
Jesús, el Maestro, sintió tristeza por la muerte de su amigo Lázaro y fue tan grande su dolor que lloró; dicho sea de paso, se trata del versículo bíblico más breve. A veces las palabras no son suficientes para expresar lo que sentimos y llorar es una expresión del corazón, es el lenguaje del amor. Las lágrimas nos humanizan, nos vuelven de carne y hueso; esas gotas con sabor a sal nos recuerdan que somos seres sensibles y que la vida nos dará múltiples oportunidades para experimentar esos hilos de agua en nuestro rostro.
Llora cuando tengas ganas de hacerlo, deja que fluya en ti el poder sanador de las lágrimas, las cuales liberan sentimientos encadenados, mitigan angustias y son capaces de devolver bienestar a nuestras vidas. Llorar nos permite comprender el dolor desde un ángulo sensible y quien se permite hacerlo puede experimentar la paz y la calma que vienen después, las cuales son un indicador fiable que la naturaleza pone a nuestro alcance de que estamos ante emociones sinceras. Yo también he llorado y sé lo que se siente; conozco ese “nudo en la garganta” transformado en arena que impide respirar.
Entiendo ese sentimiento que aniquila, debilita y nos enfrenta al dolor más intenso, que nada, absolutamente nadie puede quitar, solo hasta que surgen las lágrimas. Llora, deja que se imponga el sentimiento sobre la razón; tal vez llegó el momento de ser tú mismo, de ser tú misma y dejar de aparentar esa valentía con la que hemos enfrentado el tiempo.
Llorar es relajante, nos humaniza y nos hace más cercanos; tal vez hace mucho que no te permites sentir esas lágrimas que tanta falta hacen hoy. Es tiempo de abandonar nuestras fuerzas en el amor de Dios y esperar siempre su generosidad, su amor y compañía; es tiempo de ofrecerle también nuestras lágrimas sinceras, que surgen desde lo más profundo del corazón.
Lágrimas que se traduzcan en preguntas e inquietudes y que nos lleven a ese amor tan especial como lo es el amor de Dios; dejarnos envolver por esa sutileza y simplemente llorar. ¿Hace cuánto tiempo que no le das tus lágrimas a Dios? Seguro que nuestras lágrimas serán enjugadas y escuchadas, como siempre lo hace, como siempre lo hará. Dios no desperdicia ninguna lágrima.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde México
Rafael Salomón
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 77, que corresponde al mes de abril de 2026.
