El tema de tapa de abril de 2026, en la edición número 77 de nuestro boletín digital ANUNCIAR Informa, contemplamos la corona de espinas, que nos posiciona de inmediato a la pasión de Jesucristo. Son esos símbolos que, a su vez, son signos claros de un tiempo muy especial para el creyente, porque nos sitúan ante un hecho histórico religioso que es a nivel mundial conocido: la Semana Santa.
Para muchos es tiempo de ocio, de tomarse unas mini vacaciones y descansar; para otros, simplemente un feriado largo; para unos pocos, no significa nada, ya que su mente y espíritu finito no les permite creer o aceptar hechos que pasaron tantos años atrás y que fueron reescritos una y otra vez. Y para esa franja pequeña de personas que creen, es el centro de su fe, y lo es no solo porque reafirma una creencia que viene de muchas generaciones dentro de aquellas familias que lo practican con devoción y piedad.
Pero también está ese pequeñísimo grupo de personas que son también creyentes, pero que tiene prejuicio sobre cómo se celebra la liturgia, él porque es tan largo todas las celebraciones y porque deben soportar a los católicos anuales, que solo recuerdan lo que profesan para estas celebraciones tan especiales y les restan lugar dentro del templo, ese asiento, ese lugar que hacen suyo cada domingo para escuchar la Palabra de Dios, rezar y estar en comunión con el resto de las personas, aunque a veces también eso les molesta.
Y siempre me ha gustado saber con cual grupo me identifico yo. Creo que, por no faltar a la verdad, he pasado por todos; no voy a mentirles, no voy hacer un hipócrita diciendo que soy un piadoso y justo varón del Señor, porque no lo soy, pero tampoco digo esto para quedar bien y o sentirme mejor por dentro.
Como pueden ver, la Semana Santa da para mucho, y son todas estas cosas las que nos hacen olvidar lo más importante: el sacrificio de la cruz. Y es acá donde tenemos que pensar qué valor tiene, qué lugar tiene la cruz en mi vida, si solo este tiempo de celebración es para emocionarse sobre cómo fue la pasión de nuestro Señor, de sentirnos compungidos por el sufrimiento que padeció, y luego, el lunes, cuando pasamos ya por el domingo de resurrección, seguimos en la rutina que cada uno de nosotros tiene.
Recordemos lo que dice: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí.” Gálatas 2, 19-20.
Este pasaje nos invita a ir más allá de una emoción pasajera o de una tradición repetida año tras año. Nos llama a asumir que la cruz no es solo un recuerdo, sino un compromiso vivo. No se trata únicamente de contemplar la corona de espinas como símbolo de dolor, sino de entender que ese sacrificio tiene un sentido profundo en la vida cotidiana de cada creyente. La fe no puede quedar reducida a fechas puntuales ni a celebraciones aisladas, porque su verdadera fuerza se manifiesta en lo cotidiano, en las decisiones pequeñas y en la coherencia de vida.
La cruz, entonces, deja de ser un objeto distante y se convierte en una guía. Nos interpela, nos incomoda, nos exige salir de la comodidad de una fe superficial. Nos recuerda que creer implica transformar la vida, no solo emocionarse por un momento. Tal vez ahí radique el verdadero desafío de este tiempo: pasar de la contemplación a la acción, de la costumbre a la convicción.
Porque si Cristo vive en nosotros, como dice la Escritura, entonces cada gesto, cada palabra y cada decisión debería reflejar esa presencia. La Semana Santa no termina en el calendario, sino que continúa en la vida de cada uno. Y es en ese después, en ese lunes cotidiano, donde realmente se pone a prueba lo que decimos creer.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 77 que corresponde al mes de abril de 2026.
