Al cumplir mis sesenta vueltas alrededor del sol, y sumar una más en este presente, no puedo evitar detenerme a mirar hacia atrás. No lo hago desde la nostalgia, sino desde una necesidad más profunda: entender el recorrido, reconocer los errores que me hicieron tambalear y evitar repetirlos. Hubo momentos en los que caí en vórtices de perdición, de confusión, de soledad y dolor; pero también hubo otros en los que logré sostenerme, superar obstáculos, aprender de los golpes y alcanzar objetivos que en su momento parecían lejanos. Esa dualidad, inevitable, es la que termina dando forma a lo que soy.
Con el paso del tiempo, esa mirada hacia atrás dejó de ser un ejercicio ocasional para convertirse en una práctica constante. Reflexionar se volvió parte de mi manera de estar en el mundo. El silencio es el espacio donde todo cobra sentido: ahí ordeno recuerdos, reconstruyo decisiones, reviso lo hecho en el plano personal, afectivo y profesional. No es un hábito impuesto, sino una necesidad que aparece casi de manera natural, como si el propio paso del tiempo exigiera ese balance.
No siempre fue fácil convivir con esa forma de ser. Mi carácter, fuerte y muchas veces difícil, me llevó durante años a confrontar, a defender mis ideas con intensidad, a entrar en discusiones donde lo importante no era comprender, sino imponerse. Hoy eso cambió. No por resignación, sino por comprensión. Entendí que no todo merece ser discutido, que no todas las opiniones requieren una respuesta, y que el verdadero valor está en saber cuándo hablar y cuándo callar. Escuchar, observar y, solo cuando corresponde, sostener una postura desde el conocimiento y la reflexión.
Cumplir años deja de ser un dato anecdótico y pasa a ser un punto de inflexión. Cruzar la barrera de los 60 no es solo sumar tiempo, es tomar conciencia del tiempo. Es entender que cada vuelta alrededor del sol no es repetición, sino transformación. Que dentro de 365 días volveremos al mismo lugar en el espacio, pero no siendo los mismos. Algo siempre cambia, algo siempre se redefine.
Y es en ese punto donde aparece una reflexión más profunda. Pensar en el tiempo, en la vida, en el recorrido, nos enfrenta inevitablemente con nuestra condición: somos finitos. Frente a la inmensidad de la Creación, nuestra existencia es breve, casi imperceptible, y, sin embargo, está cargada de sentido. Como expresa el Salmo 8: “Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? (Salmo 8, 4-5)
Detenerse en estas ideas no es perder el tiempo, es recuperarlo. En un contexto donde todo empuja hacia lo inmediato, lo superficial y lo efímero, pensar se vuelve un acto necesario. No como una opción, sino como una forma de volver a lo esencial.
Por eso, más que una invitación, esto es casi una obligación personal que comparto: dejar por un momento el ruido, apartarse de las distracciones constantes y volver a la fuente.
¿Y cuál es esa fuente? No está afuera. Está en uno mismo.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 78 que corresponde al mes de mayo de 2026.
