El mes pasado, en este espacio, hablaba de mis 61 años cumplidos y de lo que ello implica. Hoy quisiera continuar, pero desde otro enfoque, uno más reflexivo, sobre todo cuando observamos lo que hemos construido con el paso del tiempo.
Cada uno sabe el camino que transitó, el que aún debe continuar y las sorpresas que nos tiene la providencia cada día que vivimos. En particular, la mayoría sabe qué hace más de cinco años vivo en Asturias, España, y lo difícil que se me hace entablar nuevas amistades o vínculos.
Difícil no por los asturianos, sino difícil por mí. Me cuesta mucho, a pesar de que me dedico a la comunicación desde hace más de 40 años, establecer una relación nueva con personas nuevas. No sé si será la edad o el momento de la historia que estoy viviendo, pero no es fácil.
Hoy, las nuevas personas que he conocido son muy pocas, y son maravillosas, ya que en cada encuentro con ellas vamos descubriendo y permitiéndonos conocernos más, construyendo un vínculo que no sea simplemente el de alguien conocido, sino el de un amigo.
Los que me conocen saben que, en este tema de la amistad, prefiero tener cinco amigos que cien conocidos, porque estos últimos son eso: “conocidos”, alguien del momento, alguien casual, que puede reír con vos, compartir una comida u otra actividad, pero no es lo mismo que estar con aquel que vos considerás un amigo.
La amistad verdadera tiene algo que el tiempo no puede reemplazar. No surge de manera inmediata ni se construye por obligación. Requiere confianza, presencia, escucha y, sobre todo, sinceridad. Tal vez por eso, cuando uno avanza en la vida, se vuelve más cuidadoso al momento de abrir las puertas de su intimidad. No porque desconfíe de los demás, sino porque comprende el valor que tiene cada persona que logra ocupar un lugar importante en el corazón.
Con el paso de los años también aprendí que las amistades no se miden por la cantidad de mensajes recibidos, ni por la frecuencia con la que uno comparte momentos sociales. Muchas veces, un verdadero amigo es aquel que aparece cuando más lo necesitás, incluso después de largos períodos sin verse. La amistad auténtica tiene la capacidad de superar las distancias, los silencios y los cambios que la propia vida impone.
Quizás por eso valoro tanto a quienes permanecen. A aquellos que estuvieron en distintas etapas de mi historia y que, a pesar de los kilómetros, las responsabilidades o las circunstancias personales, siguen presentes de alguna manera. Son personas que forman parte de nuestro recorrido y que ayudan a darle sentido a muchos momentos vividos.
Hoy, desde esta tierra asturiana que me ha recibido con cariño, sigo aprendiendo que nunca es tarde para generar nuevos vínculos. Tal vez el proceso sea más lento que en otros tiempos, pero también más profundo. Y eso tiene un valor enorme.
Porque al final de cuentas, cuando miramos hacia atrás y repasamos lo que hemos construido a lo largo de la vida, descubrimos que los bienes materiales ocupan un lugar secundario. Lo verdaderamente importante son las personas con las que compartimos el camino.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 79 que corresponde al mes de junio de 2026.
