En julio, en algunas latitudes, se celebra el Día del Amigo, especialmente el 20, fecha en la que el hombre llegó a la Luna en 1969. Pocos saben que esta celebración nació de la iniciativa del argentino Enrique Ernesto Febbraro, profesor de psicología, filosofía y odontología. Mientras el mundo observaba el alunizaje del Apolo 11, él vio algo más que una hazaña científica: creyó que ese acontecimiento podía convertirse en un símbolo de unión para toda la humanidad, más allá de razas, religiones o ideologías. Convencido de ello, envió cerca de mil cartas a distintos países proponiendo instituir el Día del Amigo. Y la idea echó raíces.
No deja de ser curioso que una fecha inspirada en un viaje a la Luna termine recordándonos algo tan profundamente humano como la necesidad de tener a alguien cerca.
Porque la amistad no es un lujo ni un simple adorno de la vida. Es una de esas cosas invisibles que nos sostienen cuando todo parece tambalear. A veces creemos que caminamos solos, que podemos con todo, hasta que un abrazo, una llamada inesperada o una conversación sincera nos recuerdan que nadie llega muy lejos sin la compañía de otro.
Los seres humanos no sobrevivimos por ser los más fuertes ni los más veloces. Lo hicimos porque aprendimos a vivir en comunidad, a cuidarnos, a confiar y a tender la mano. La amistad es, quizás, una de las expresiones más nobles de esa capacidad. No nace de la obligación ni del parentesco; nace de la elección. Y pocas cosas tienen tanto valor como ser elegidos por alguien para compartir la vida.
Con el paso de los años descubrimos que los amigos cambian, como cambiamos nosotros. Algunos permanecen siempre. Otros cumplen una etapa y siguen su camino. También están aquellos con quienes dejamos de hablar durante meses o años y, sin embargo, al reencontrarnos, el tiempo parece no haber pasado. Esos vínculos tienen una fortaleza difícil de explicar y fácil de sentir.
Vivimos en una época en la que es sencillo estar conectados y, al mismo tiempo, profundamente solos. Las redes sociales acortan distancias, pero no siempre construyen cercanía. Un “like”, un mensaje o una respuesta inmediata pueden generar la ilusión de compañía, aunque pocas veces reemplazan una charla sin apuros, una mirada cómplice o el silencio compartido entre dos personas que no necesitan llenar todos los espacios con palabras.
Las amistades que nacen en la infancia suelen ocupar un lugar especial en la memoria. En la escuela aprendemos mucho más que contenidos: aprendemos a confiar, a discutir, a perdonar, a reírnos de nosotros mismos y a descubrir que la vida compartida siempre pesa menos. Con los años, esos recuerdos se transforman en parte de quienes somos.
Los verdaderos amigos funcionan como un puerto seguro. No nos resuelven los problemas, pero nos ayudan a enfrentarlos. No viven por nosotros, pero nos recuerdan que vale la pena seguir adelante. También nos dicen aquello que quizás no queremos escuchar, porque el afecto sincero nunca se construye sobre la mentira, sino sobre el respeto y la confianza.
Por eso, si hoy tenés un amigo, llamalo. Si está cerca, abrazalo. Si hace tiempo que no hablan, buscá la manera de reencontrarte. No esperes una fecha especial para agradecer su presencia. Hay personas que pasan por nuestra vida y hay personas que, simplemente, se quedan a vivir en el corazón. Esas son las amistades que el tiempo no desgasta, sino que vuelve imprescindibles.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 80 que corresponde al mes de julio de 2026.
