En las dos entregas anteriores hemos recorrido el planteamiento que el papa Francisco desarrolla en “El Evangelio de la Creación”, destacando la dignidad de la persona humana, el destino universal de los bienes y la necesidad de restaurar la armonía rota entre el hombre, Dios, los demás y la naturaleza. Llegamos ahora al corazón de la propuesta de Laudato si’: la construcción de una auténtica ecología integral.
Los bienes de la madre tierra han sido dados por Dios para ser administrados y utilizados por todos. Ese es, precisamente, su destino universal.
La esperanza, entonces, está en Jesús. En Él, la creación se reconstruye, renace, se renueva y encuentra siempre el camino hacia una restauración capaz de hacer posible un mundo más fraterno y armoniosamente unificado.
En Jesús se encauza toda la antropología del ser, en virtud de que en Él renace la creación y, por ende, la humanidad entera.
Concretamente, y resumiendo lo anterior, a la luz de estas reflexiones, “El Evangelio de la Creación” nos brinda una mirada de “ecología integral”, con miras a una conversión y a un cambio concreto de paradigma en virtud de la relación con la naturaleza, desde una correcta comprensión de nosotros mismos como especie humana.
Ello implica el desarrollo de una nueva conciencia, como lo plantea el Papa, sobre la forma en que el hombre debe entenderse a sí mismo, a los demás, a la naturaleza y a Dios, dado que la trascendencia de la especie humana se basa en esta triple relacionalidad.
En este marco, cuando el hombre se sumerge en una dinámica de desconexión con su entorno y se encapricha en su propia postura de autonomía y dominio, rompe el nexo armónico dado por Dios a la humanidad desde el inicio de la creación.
Queda claro, entonces, que la especie humana no es una realidad cerrada, sino, más bien, una estructura constitutivamente abierta a la mencionada relacionalidad.
La propuesta de Francisco es, sin lugar a dudas, revolucionaria y nada sentimentalista. Muy por el contrario, apuesta decididamente por la urgente necesidad de una antropología que reconoce nuestra realidad como criaturas y, desde ese reconocimiento, podría lograrse una reconstrucción plausible, teniendo plena conciencia de que “cohabitamos” nuestra “casa común” con todos aquellos a quienes hemos de dejar como herencia para las futuras generaciones.
Me comprometo, queridos lectores, y segura estoy de que ustedes también, a continuar adelante con la mirada firme en Dios, a sabiendas de los grandes desafíos que hoy se nos plantean:
Una evangelización renovada, que encarne el Evangelio al modo de Jesús y que descubra, en el entorno, su rostro.
Un compromiso constante y, a la vez, cotidiano de hacer de cada realidad concreta un espacio teologal. Así, en la familia, en el trabajo, en los espacios de apostolado y en los lugares de formación, podemos hacer palpable “El Evangelio de la Creación”, dando lo mejor de nosotros, sin heroísmos; antes bien, con la mirada puesta en el otro, creado a su imagen y semejanza.
Una postura sinodal más arraigada, que reconozca el sentido antropológico en la misión de cada vocación cristiana y que, a su vez, devele —genuinamente— la nuestra, con verdadero liderazgo en la familia, en el trabajo y en la sociedad.
Un espíritu contemplativo que se deje cautivar por las maravillas de la Creación y que asuma, desde la acción, posturas concretas capaces de materializarse en la historia personal, familiar y comunitaria.
Un compromiso renovado que nos permita “seguir actuando” de tal manera que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la permanencia de la auténtica vida humana sobre la Tierra, considerando —como nos insta el Papa— a las generaciones futuras.
Una apertura más amplia a Dios, que embargue todo nuestro ser, asumiendo el compromiso de anunciar la “Buena Nueva” con el propio testimonio de vida.
“¡Es Cristo que pasa!”, dijo una vez un santo.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Venezuela
Isabella Orellana
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 80, que corresponde al mes de julio de 2026.
