Un fuerte abrazo, mis queridos lectores. Hace pocos días (a la fecha en que estoy escribiéndoles), en España se vivieron jornadas inolvidables: la visita del papa León XIV. ¡Fue una locura total! Visitó Madrid, Barcelona e Islas Canarias. Vimos a un Papa sumamente humano, cercano, alegre y actual. Descubrimos que es hincha del Real Madrid, vimos su sentido del humor, su espontaneidad, pero hay algo que me llama poderosamente la atención.
Personas de todas las edades hicieron largas filas para entrar a los eventos; otras llegaron con muchas horas de anticipación para verlo pasar por la calle, para asegurarse un espacio y poder contemplarlo durante apenas unos segundos frente a sus ojos.
¡Y qué hermoso ver ese amor y ese cariño por el Papa! Ver estadios llenos, reunidos solo para verlo, para escucharlo. Esto, definitivamente, es un fenómeno que estamos viendo en el mundo, donde, sobre todo, los jóvenes están volviendo sus ojos hacia Dios. Dios se está convirtiendo en tendencia entre los jóvenes.
Pero ¿qué nos pasa, que ese mismo amor, esa misma pasión y ese mismo cariño por el Papa no los vemos en los templos? Vemos a miles de personas que llenan a reventar un estadio del tamaño del Bernabéu y, al mismo tiempo, encontramos templos vacíos. No vemos esas filas interminables para entrar al templo, ni en el confesionario, y mucho menos a la hora de acercarnos a la Eucaristía.
¿Será que aún no somos conscientes de que en la Eucaristía estamos recibiendo al mismo Jesucristo? ¿Será que todavía no creemos que en el confesionario es Dios quien nos espera para escucharnos, aconsejarnos y perdonarnos por medio del sacerdote? ¿Qué nos está haciendo falta en nuestros templos para abarrotarlos? Y no me refiero al marketing ni a hacer cosas que saquen la liturgia por las ventanas. No. Me refiero a la fe, al amor a Dios mismo.
¿Faltará carisma en los sacerdotes? ¿Nos falta dar verdadero testimonio como laicos comprometidos? ¿O nos falta ver con los ojos del alma y solamente usamos los ojos físicos?
Que siga ese cariño por el papa León, que siga ese amor hacia la Iglesia, pero también que se vea ese mismo amor hacia Dios, al Dios vivo que nos espera todos los días en el sagrario y que, muchas veces, está solo, esperando por ti, esperando por mí.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde México
José Luis Hernández
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 80, que corresponde al mes de julio de 2026.
