El tema de tapa de enero de 2026, en la edición número 74 de nuestro boletín digital ANUNCIAR Informa, se centra en la imagen de un amanecer como alegoría del inicio de un nuevo día, de un nuevo año y de las esperanzas que renacen con cada comienzo.
Hay imágenes que no necesitan explicación. Un amanecer es una de ellas. Basta con observar cómo la noche se retira lentamente y la luz comienza a ganar espacio para que algo dentro nuestro se acomode, se aquiete y, casi sin darnos cuenta, renazca. El amanecer es promesa, es posibilidad, es el anuncio silencioso de que lo nuevo siempre encuentra la forma de llegar.
Enero tiene algo de ese primer rayo de sol. Marca el inicio de un nuevo día, pero también de un nuevo año, de un nuevo ciclo vital. Y con él llegan las expectativas, las esperanzas renovadas, los deseos de cambio y las ganas —a veces ingenuas, a veces profundamente necesarias— de que esta vez sea distinto. Pero ¿de dónde nace esa necesidad casi universal de comenzar de nuevo? ¿Qué nos impulsa a creer, una y otra vez, que al cruzar un umbral temporal algo puede transformarse?
El ser humano es cíclico por naturaleza. Vivimos atravesados por ritmos, cierres y aperturas, despedidas y comienzos. Desde las estaciones hasta los procesos personales, todo parece responder a una lógica de muerte y renacimiento. El inicio de un año funciona, simbólicamente, como un punto cero: una pausa en la marcha que nos permite mirar hacia atrás, evaluar lo vivido y proyectar lo que deseamos hacia adelante. No se trata solo de cambiar el calendario; se trata de darle sentido al paso del tiempo.
Tal vez por eso necesitamos ritualizar los comienzos. Hacemos balances, prometemos cambios, trazamos metas, aunque sepamos que muchas no se cumplirán. No es hipocresía ni autoengaño: es esperanza. Es la expresión de una necesidad profunda de creer que no estamos condenados a repetir siempre lo mismo, que existe la posibilidad real de elegir otro camino, de corregir el rumbo, de volver a intentarlo.
En este punto, la imagen del amanecer adquiere una dimensión espiritual. No solo anuncia luz después de la oscuridad, sino que nos recuerda que cada día trae consigo una oportunidad inédita. La Biblia lo expresa con una claridad conmovedora en el libro de las Lamentaciones: “La misericordia del Señor no se extingue ni se agota su compasión; ellas se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!” (Lam 3,22-23).
Cada mañana es, entonces, un acto de misericordia. Un nuevo comienzo que no depende de nuestros errores pasados ni de nuestras caídas, sino de una fidelidad que se renueva. Tal vez por eso el amanecer nos conmueve tanto: porque habla de una gracia que no se agota, de una posibilidad que insiste, incluso cuando nosotros dudamos.
Sin embargo, comenzar de nuevo no implica negar lo vivido. Todo lo contrario. Un nuevo ciclo se apoya sobre la experiencia acumulada, sobre las heridas, los aprendizajes, los logros y los fracasos. No se trata de borrar el pasado, sino de integrarlo. El verdadero inicio no es huida, es transformación.
Enero, como ese primer sol del día, nos invita a detenernos un instante antes de salir corriendo hacia lo que viene. A preguntarnos qué vale la pena conservar, qué necesitamos soltar y qué estamos dispuestos a cuidar. Nos desafía a iniciar no desde la euforia vacía, sino desde la conciencia.
El amanecer no grita, no impone, no apura. Simplemente ocurre. Y en ese gesto silencioso nos recuerda que la esperanza no es ingenuidad, sino una elección cotidiana. Empezar de nuevo es, en definitiva, un acto de fe: en la vida, en el otro y en nosotros mismos.
Que este enero de 2026 nos encuentre así, mirando el horizonte con los pies en la tierra y el corazón abierto. Porque mientras haya un nuevo día que amanezca, siempre habrá una historia que pueda volver a escribirse.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 74 que corresponde al mes de enero de 2026.
