Me introduzco en las presentes líneas afirmando, casi de modo irrefutable, que Pablo de Tarso ha sido el verdadero expansor del cristianismo. Sustento esta aseveración en lo que a continuación expresar é, motivo del presente escrito, y sean ustedes, queridos lectores, quienes se animen a cabalgar hacia la Salvación, aupados por este personaje que, conociendo muy bien sus raíces, se adentró en el contexto que le correspondió asumir, transformándolo con la luz que viene de lo alto.
Me resulta interesante descubrir que, desde el momento de su conversión, Pablo ha sido un judío —entusiasta— seguidor de Jesucristo, circunstancia en la que insistió una y otra vez (Flp. 3-2 Cor. 11-22).
Es así como, partiendo de esta premisa, se comienza a desarrollar una “nueva visión” de Pablo que define su misión de expandir el cristianismo, teniendo claro que, como judío converso, podía contemplar con nitidez en las Escrituras cómo Jesús era el Mesías prometido por Moisés y los profetas, y la manera como Dios salvaba —a través de Jesús— al mundo. Asimismo, captar, como nadie, la forma en que la historia se desplegaba según los planes del Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Pablo, entonces, no innovó el mensaje que había recibido. A decir verdad, siguió la predicación de Jesús y de los apóstoles, conservó sus raíces e incluso se preocupó por comprobar que no colisionaran. Para Pablo, la mesianidad de Jesús era evidente, no solo porque lo experimentó durante su travesía a Damasco, sino porque, como judío convertido, comprendió que la historia revelada anunciaba al Mesías. ¿Acaso no había anunciado YHVH que Él mismo vendría a salvar al género humano? (Is. 35-4).
En este último punto me detengo, porque es prudente resaltar que Pablo no añadió nada sustancial a lo enseñado por Jesús, tal y como cité arriba. Es cierto que fue un hombre brillante, sólido, bíblico y contundente, pero se limitó solo a exponer la interpretación judeocristiana de las Escrituras.
Encontramos, entonces, que, en el camino de su predicación y su misión en la expansión del cristianismo, su visión fue estratégica, ya que fue un hombre de extraordinario talento para la difusión del mensaje. Las ciudades que eligió para la predicación, la elección de sus acompañantes y/o colaboradores (discípulos), la continuación de la obra tras los primeros pasos y la búsqueda de nuevos objetivos ponen en evidencia a una mente privilegiada. En un par de décadas, Pablo dejó establecida una red de Iglesias que iban de Asia Menor a España y que hacían sentir su influencia durante siglos. A ese respecto, muy pocos personajes históricos han dejado tras de sí un legado tan sólido, influyente y duradero en la historia de la humanidad.
Como segundo punto favorable en su rol para la expansión del cristianismo han sido sus cartas. El peso de las mismas en la vida de la Iglesia y del cristianismo resulta tan evidente que no admite discusión.
A decir verdad, las grandes revoluciones espirituales en el seno del cristianismo han estado vinculadas mayoritariamente a las obras de Pablo, con una pasión sin igual, tal y como se manifiesta en su Carta a los Gálatas, en la que defiende la libertad cristiana sustentada en la creencia de la justificación por la fe frente a la esclavitud que pretende que la salvación es solo por las obras.
Y, en tercer lugar, no podemos dejar de citar que Pablo fue un pastor tierno, desinteresado y amoroso, que sufría profundamente por los males que aquejaban a sus comunidades y estaba dispuesto a cualquier sacrificio y a cualquier renuncia para luchar junto a ellas y extender el mensaje de la Buena Nueva.
En Pablo contemplamos el mundo bajo una luz totalmente distinta, mientras esperamos la segunda venida de Jesús…, el verdadero salvador del mundo.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Venezuela
Isabella Orellana
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 74, que corresponde al mes de enero de 2026.
