Mi querido y gentil lector: este reflexivo Director tiene una confesión que hacer. Hace unos días, esperando que el café se enfriara lo suficiente para tomarlo, se descubrió a sí mismo mirando el teléfono. No porque hubiera algo importante. No porque alguien lo necesitara. Simplemente porque el silencio de esos treinta segundos le resultó… incómodo.
Ahí estuvo la señal.
Vivimos enchufados a una velocidad que nadie eligió conscientemente. Nadie se despertó un día y dijo: “A partir de hoy voy a vivir apurado, distraído y con el cerebro en modo multitarea permanente”. Simplemente fue pasando. De a poco. Tan de a poco que ni nos dimos cuenta.
—Pero, Sr. Director, ¿acaso no es el progreso? ¿No es esto lo que todos queremos?
Permítame. Progreso es una cosa. Vértigo disfrazado de productividad es otra muy distinta.
La velocidad, en su justa medida, construye. Pero la velocidad sin pausa destruye algo que tiene muy poco glamour, pero un valor incalculable: la capacidad de estar presentes. De verdad presentes. No el cuerpo en un lugar mientras la cabeza está en tres conversaciones de WhatsApp y en el pendiente del trabajo de mañana.
Hay algo que este observador Director nota con cierta preocupación: cada vez nos cuesta más tolerar el aburrimiento. Y el aburrimiento, mis afilados lectores, es el lugar donde nacen las mejores ideas. Donde el alma respira. Donde uno se reencuentra consigo mismo sin interrupciones ni notificaciones.
Porque hay cosas que la velocidad se lleva puestas sin pedir permiso. Una conversación que merecía más tiempo. Un atardecer que pasó sin ser visto. Una persona que necesitaba que la escucháramos de verdad, y nosotros estábamos ahí, pero no estábamos.
El antídoto no es volverse ermitaño ni tirar el teléfono al río, aunque a veces la idea tienta. El antídoto es más simple e infinitamente más difícil: elegir, aunque sea una vez por día, ir despacio. Tomar ese café sin el teléfono. Caminar sin auriculares. Mirar a alguien a los ojos el tiempo suficiente para que la conversación sea real.
La velocidad es una herramienta magnífica. El problema es cuando deja de ser la herramienta y se convierte en el modo de vida.
Tenemos la obligación de ser felices. Y la felicidad, este Director lo tiene cada vez más claro, rara vez vive en el carril rápido.
Los quiero.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Argentina
Ignacio Bucsinszky
Este artículo esta publicado en el boletín digital, número 79, que corresponde al mes de junio de 2026.
