En nuestra edición anterior reflexionábamos sobre “El Evangelio de la Creación”, capítulo de la encíclica Laudato Si’ en el que el papa Francisco nos invitaba a descubrir la estrecha relación entre la dignidad humana, el bien común y el cuidado de la casa común. Retomando ese camino, profundizamos ahora en las consecuencias de la ruptura de la armonía original y en la propuesta de esperanza que Cristo ofrece para la reconstrucción del hombre y de la creación.
Asimismo, las voces de los profetas estremecían las conciencias al hablar sobre la dignidad de cada persona y la dignidad del trabajo, dejando clara la preferencia de Dios hacia los más débiles e invitando a recobrar la fortaleza en los momentos difíciles, contemplando al Dios todopoderoso, creador del universo.
“Al cansado le da vigor y al que no tiene fuerzas le acrecienta la energía” (Is. 40,28b). Y si “Dios vio todo lo que había hecho y era bueno” (Gn. 1,26), ¿qué ha sucedido?
El hombre, ciertamente, en su búsqueda de dominio, en sus intentos de pretender igualarse a Dios o en su afán de negar su existencia, ha roto la armonía inicial planteada desde la creación del mundo, generándose así un conflicto expresado en guerras, violencia, maltrato, rupturas familiares y abandono de los más frágiles.
Descrito lo anterior, cita Francisco: no somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada.
Si nos adelantamos al Nuevo Testamento y miramos las enseñanzas de Jesús, Él nos deja claro que Dios es “Padre bueno” y podemos reconocerle en la armonía de la creación, que anuncia en sí misma el amor por todas las personas, sin discriminación y con compromiso social hacia los más frágiles.
Al hablar de las Bienaventuranzas (Mt. 5–7), Jesús enseñó cómo debemos comportarnos y vivir de acuerdo con los planteamientos de Dios. Enseñó, además, que frente a un mundo dividido por desigualdades —producto de la soberbia y la mezquindad del hombre al pretender dominarlo todo— y ante una humanidad herida, frenéticamente aferrada a la comodidad, era necesario desacralizar las riquezas (Lc. 18,18-23) y brindar condiciones de vida digna a todos los hombres, especialmente a los más vulnerables.
Asimismo, se desprende de este planteamiento que el medio ambiente pasa a ser un bien colectivo, una herencia común cuyos frutos benefician a todos, desde una perspectiva social que jamás descarta a los desfavorecidos. De eso se trata la “comunión universal”, y nada ni nadie queda excluido de esta universalidad de la creación.
Es así como, según cita Francisco, cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras.
Hoy nos preguntamos: ¿qué debemos hacer para salir del profundo deterioro en el que estamos inmersos y cómo podemos construir una realidad mejor para todos?
Los problemas que hoy nos atañen se han vuelto cada vez más profundos, por lo que el llamado se realiza desde una mirada esperanzadora, capaz de enseñar el valor y el respeto por la persona humana en todos los ámbitos: familia, educación, política, trabajo y apostolado. Una mirada que, además, proporcione las condiciones necesarias para alcanzar la plenitud desde una auténtica comprensión antropológica.
Los bienes de la madre tierra han sido dados por Dios para ser administrados y utilizados por todos. Ese es, precisamente, su destino universal.
La esperanza, entonces, está en Jesús. En Él la creación se reconstruye, renace, se renueva y encuentra siempre el camino hacia una restauración capaz de hacer posible un mundo más fraterno y armoniosamente unificado.
Continuaremos profundizando en la propuesta de Francisco, que encuentra en Cristo el fundamento para reconstruir la relación del hombre consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Venezuela
Isabella Orellana
Locutora Católica
Especialista en Comunicación Eclesial
Profesora Universitaria en Teología
Esposa y madre de Familia
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 79, que corresponde al mes de junio de 2026.
