El 17 de septiembre de 2026, junto a mi familia, visité Mungía, en Vizcaya, como parte del trabajo de investigación que acompaña el desarrollo de NAVARRA: Preludio. Para mí, el viaje tenía un significado especial. Mungía es la localidad históricamente vinculada a María San Juan de Garonda, personaje histórico que ocupa un lugar destacado dentro de la narrativa de mi novela.
Quería conocer personalmente algunos de los espacios relacionados con el contexto histórico de la obra. No es lo mismo investigar un lugar a través de documentos, planos y referencias bibliográficas que caminar por sus calles, observar su arquitectura y tratar de reconstruir, sobre el terreno, el escenario en el que ocurrieron determinados acontecimientos hace más de cinco siglos.
Uno de los lugares que visité fue Andra Mari, la antigua iglesia de Santa María.
Un templo con siglos de historia
Situada en el centro de la localidad, permite recorrer buena parte de la evolución histórica de Mungía. Los orígenes del templo se remontan a la Edad Media. El edificio primitivo habría sido mucho más sencillo que el que posteriormente conocería la localidad: una construcción de una sola nave, levantada fundamentalmente con muros de mampostería y cubierta de madera. A lo largo de los siglos, el edificio sufrió diferentes transformaciones y períodos de deterioro.
A comienzos del siglo XVIII, Santa María atravesaba una situación especialmente delicada. La proximidad de la iglesia de San Pedro, situada a menos de cien metros y en mejores condiciones, hizo que el mantenimiento de Andra Mari perdiera prioridad. La situación cambió entre 1746 y 1748, cuando se decidió reconstruir el templo. El proyecto fue atribuido a José de Zaylorda e Ignacio Vicente de Mendieta y Cebericha, mientras que la ejecución de las obras correspondió a Francisco Duñabeitia.
El nuevo edificio adoptó una configuración de una sola nave y un lenguaje arquitectónico sobrio, relacionado con el clasicismo barroco. Posteriormente, en 1848, se incorporó una nueva fachada de piedra de sillería, cuya autoría permanece sin identificar. Pero la historia de Andra Mari todavía tendría otro capítulo.
Del abandono a la recuperación
Durante el siglo XX, el deterioro volvió a afectar gravemente al edificio. En 1982 fue declarado en estado de ruina. La antigua iglesia perdió entonces buena parte de su estructura. Permanecieron como elementos principales los muros laterales, la fachada y el ábside. Durante casi tres décadas, aquel espacio permaneció alejado de la función que había desempeñado durante siglos. La recuperación llegó en 2009.
Una intervención arquitectónica incorporó una estructura contemporánea de metal y cristal que permitió conservar los elementos históricos supervivientes y, al mismo tiempo, convertir el antiguo templo en un espacio destinado a nuevos usos.
Andra Mari dejó así de ser un edificio abandonado para integrarse nuevamente en la vida de Mungía. Actualmente, el lugar mantiene esa doble dimensión: conserva la memoria material de un antiguo templo y, al mismo tiempo, funciona como espacio de encuentro para la comunidad. Entre las actividades que tienen lugar allí se encuentra la azoka, el mercado tradicional que se celebra los viernes y reúne a productores y baserritarras de la zona.
Mungía y la memoria de María San Juan de Garonda
Para mí, Andra Mari tiene una dimensión que va mucho más allá de su arquitectura. La documentación histórica relacionada con el proceso inquisitorial de María San Juan de Garonda sitúa en el cementerio de Santa María de Mungía el escenario de la lectura pública de su sentencia en 1508.
Cinco siglos después, el visitante encuentra un espacio profundamente transformado. El edificio que hoy conocemos no conserva la misma configuración que tenía a comienzos del siglo XVI y el entorno urbano también ha cambiado. Pero estar allí permite establecer una conexión física con aquel episodio histórico.
Durante mi visita, precisamente, uno de los objetivos fue intentar comprender esa distancia entre el lugar que existe hoy y el espacio que habría conocido María San Juan de Garonda en 1508.
La novela NAVARRA: Preludio incorpora este episodio dentro de su universo narrativo. En sus páginas, el acontecimiento es recreado literariamente de la siguiente manera:
“El 16 de noviembre de 1508, la sentencia fue leída en público, en un cadalso erigido en el cementerio de la iglesia de Santa María. La que en un pasado fue hechicera fue quemada viva, y en el templo se colocó un sambenito con la inscripción:
María San Juan de Garonda, mujer de Juan de Sentucho Cubero, vecino de la anteiglesia de Mungía, acusada de herejía, apostasía y brujería. En el año del Señor de mil quinientos y ocho”.
Este fragmento pertenece a la construcción literaria de NAVARRA: Preludio. La novela incorpora personajes, acontecimientos y escenarios vinculados con la historia documentada, pero los desarrolla dentro de una narración de ficción histórica.
Precisamente por eso considero importante conocer los lugares reales que forman parte de ese contexto. La visita a Mungía no fue simplemente un viaje familiar. Fue también una oportunidad para salir de las páginas de la novela y acercarme al territorio que las inspiró.



Un lugar entre la historia y la ficción
Andra Mari representa hoy una curiosa continuidad. Fue un templo medieval, posteriormente reconstruido, transformado, abandonado y finalmente recuperado como espacio cultural y social. Para el Universo Navarriano representa además un punto de contacto entre la Mungía contemporánea y la de comienzos del siglo XVI.
Allí donde hoy encontramos un espacio recuperado y abierto a la comunidad, la documentación histórica sitúa uno de los episodios relacionados con María San Juan de Garonda. La piedra, los edificios y las calles han cambiado. La historia, sin embargo, permanece.
Y esa memoria es precisamente una de las razones por las que NAVARRA: Preludio no pretende limitarse a contar una historia de ficción. El proyecto intenta recuperar, desde la literatura, un período histórico marcado por conceptos como fe, herejía, brujería, pecado, condena e Inquisición.
Para mí, Mungía dejó de ser simplemente una localización mencionada en una novela.
Fue un lugar al que necesitaba regresar.
Alfredo Musante Martínez
Para ANUNCIAR Informa (AI)
