Hay personas que hacen música y hay personas que, además, tienen algo para decir. Y cuando esas dos cosas se encuentran, la canción deja de ser solamente una canción. Se convierte en una manera de mirar la vida.
Por eso, cuando escuché En unas pocas palabras, el décimo álbum de Eduardo Dacuña, volví a pensar en algo que muchas veces olvidamos: la música también puede ser un lugar donde guardar aquello que amamos, aquello que nos preocupa, aquello que agradecemos y aquello que todavía esperamos.
Eduardo es uno de esos compositores que no necesitan disfrazar la vida para encontrar inspiración. No busca personajes extraordinarios ni situaciones imposibles. Mira alrededor. Observa lo que sucede en una familia, en una pareja, en la sociedad, en los niños, en los padres, en el dolor y en la esperanza. Y desde allí escribe.
Quizás por eso siento una admiración especial por él. Porque detrás de sus canciones encuentro al hombre. Un hombre humilde, entregado a la composición y capaz de transformar situaciones cotidianas en palabras que nos obligan, casi sin darnos cuenta, a detenernos un momento y mirar nuevamente aquello que tenemos delante.
En unas pocas palabras reúne diez canciones: “En unas pocas palabras”, “¿Quién dijo?”, “Peter sin Pan”, “A veces cuando el sol”, “Un sueño viajó hasta tu corazón”, “Si seco un llanto”, “Como un ángel”, “Ahí van esos dos locos”, “Compañera” y “Aguacero”. Diez títulos que forman parte de una obra atravesada por la fe, la esperanza, el amor, la mirada social y la poesía.
Pero hay tres canciones que, por diferentes razones, ocupan un lugar especial en esta mirada sobre el álbum. “Peter sin Pan” es una de las que particularmente me llamó la atención. “Ahí van esos dos locos” y “Compañera”, en cambio, son especialmente cercanas y emotivas para Eduardo, porque están dedicadas a sus padres y a su esposa.
“Peter sin Pan” es, probablemente, la canción que primero nos obliga a mirar hacia afuera. Desde su propio título aparece una imagen tan sencilla como dolorosa: un Peter Pan al que le falta el pan. Eduardo utiliza esa figura para hablar de los niños, del hambre, de aquello que les estamos quitando a quienes todavía tienen toda la vida por delante. La pregunta se repite: quién les está robando el pan, quién hará algo para salvar al mar y al pez, quién se hará responsable. Y finalmente aparece una respuesta que me parece profundamente humana: “yo que no tengo ni voz ni mando” también puedo hacer algo, también puedo dar algo.
Ahí aparece una de las características que más valoro en la obra de Eduardo: la fe no aparece separada de la realidad. No se trata solamente de hablar de Dios, sino de mirar al prójimo desde una perspectiva iluminada por la Palabra de Dios. La preocupación por quien sufre, por los niños, por el mundo que estamos dejando y por aquello que podemos hacer nosotros mismos forma parte de esa mirada.
Después aparece “Ahí van esos dos locos”, una canción que Eduardo dedica a sus padres y que tiene algo especialmente conmovedor. Habla de dos personas que llevan más de cincuenta años construyendo una vida juntos, recorriendo las calles de brazo y apostando cada día a otra puesta de sol.
Hay una ternura enorme en llamarles “esos dos locos”. Porque quizás haya que estar un poco loco para seguir apostando por el amor después de tantos años. O quizás, justamente, eso sea lo verdaderamente cuerdo. Permanecer. Compartir. Atravesar las dificultades. Envejecer juntos. Seguir construyendo cuando aparentemente ya está todo construido.
La canción no solamente homenajea a sus padres. También reconoce en ellos un ejemplo. Eduardo mira su historia y encuentra algo que merece ser contado: un amor que resistió el paso del tiempo y que dejó huella en quienes vinieron después.
Y entonces llegamos a “Compañera”, dedicada a su esposa. Aquí la mirada cambia, pero el sentimiento continúa siendo el mismo. Eduardo habla de una mujer que comparte sus sueños, sus luchas y sus alegrías. Habla de un amor que no ha envejecido porque tampoco han envejecido aquellos sueños que alguna vez echaron a volar juntos.
Hay algo hermoso en esa idea: quizás no sea el amor el que envejece, sino el mundo que lo rodea. La canción mira hacia atrás, recuerda, pero también mira hacia adelante. “Compañera de los años que vendrán”, escribe Eduardo. Todavía hay un mañana. Todavía hay un sueño que puede nacer.
Y nuevamente aparece Dios. No como una presencia impuesta desde afuera, sino como parte de esa historia de amor. La fe está incorporada a la vida cotidiana, a la pareja, a los años compartidos y a esa fuerza que permite volver a empezar.
Quizás por eso estas tres canciones dicen tanto de Eduardo. Una mira al niño que necesita pan. Otra mira a los padres que enseñaron con su propia vida. La tercera mira a la mujer con la que decidió continuar caminando.
Prójimo. Padres. Compañera.
Tres formas de amar. Tres historias diferentes. Una misma mirada.
Y en las tres aparece algo que atraviesa todo el trabajo de Eduardo: la capacidad de encontrar lo extraordinario dentro de lo cotidiano.
Eso es lo que más admiro de él.
Eduardo no necesita alejarse de la vida para escribir. Al contrario. Se mete en ella. Mira lo que tenemos delante todos los días y encuentra allí una historia que merece ser cantada. Una familia. Una pareja. Un niño. Una preocupación social. Una lágrima. Un sueño. Una esperanza.
Y después aparece la Palabra de Dios como una luz que permite mirar esas realidades de otra manera.
No pretende tener todas las respuestas. Simplemente nos invita a pensar.
Quizás allí esté la verdadera riqueza de En unas pocas palabras. En un tiempo en el que tantas cosas parecen estar hechas para ser consumidas rápidamente, Eduardo vuelve a una forma de hacer música que requiere paciencia, humanidad y oficio. Todos los instrumentos del álbum fueron grabados por músicos en vivo, dentro de un estudio convencional, recuperando esa manera artesanal de construir una canción.
Pero hay algo todavía más artesanal que la grabación.
Es la manera de construir una canción desde la propia vida.
Porque para escribir sobre los padres hay que haberlos mirado. Para escribirle a una compañera hay que haber caminado junto a ella. Para hablar del prójimo hay que haber sido capaz de detenerse frente al dolor de otro.
Y eso se escucha.
Se escucha en las palabras.
Se escucha en las historias.
Se escucha en la intención.
En unas pocas palabras es, finalmente, un álbum sobre muchas cosas. Pero quizás todas ellas puedan resumirse en una sola: el amor.
El amor que reclama justicia.
El amor que agradece a los padres.
El amor que permanece junto a una esposa.
El amor que se preocupa por el otro.
El amor que encuentra en Dios una fuente de esperanza.
Y quizás por eso el título termine siendo tan apropiado. Porque a veces necesitamos muchas canciones para decir aquello que realmente sentimos, pero cuando finalmente encontramos las palabras, descubrimos que eran pocas.
Fe.
Esperanza.
Familia.
Prójimo.
Amor.
En unas pocas palabras.
Y en muchas canciones, Eduardo Dacuña nos recuerda algo que nunca deberíamos olvidar: que la vida cotidiana también puede ser una manera de encontrarnos con Dios.
Alfredo Musante Martínez
Para ANUNCIAR Informa (AI)
