Hay algo que nunca cambió entre los jóvenes, aunque hayan cambiado casi todas las demás cosas: la necesidad de pertenecer. Cambian las épocas, cambian las modas, cambia la música, cambia la ropa, cambian las palabras y hasta cambia la manera de comunicarnos. Pero detrás de todo eso sigue existiendo una pregunta profundamente humana: “¿Dónde están los míos?”. Porque crecer no consiste solamente en descubrir quiénes somos, sino también en encontrar un lugar donde sentir que somos aceptados. Todos, en algún momento de nuestra vida, necesitamos que alguien nos mire y nos diga, de una manera u otra: “Vos sos de los nuestros”.
Quizás por eso cada generación inventa sus propios códigos, sus propias formas de vestir, de hablar, de escuchar música y de reunirse. Desde afuera pueden parecernos extraños, exagerados o incluso ridículos. Desde adentro, probablemente tengan todo el sentido del mundo.
Durante los años 70, un joven podía encontrar esa respuesta en el rock, en el movimiento hippie, en el punk que comenzaba a romper las reglas o en cualquiera de las expresiones culturales que buscaban diferenciarse de aquello que la sociedad consideraba establecido. En los 80 llegaron nuevas estéticas, el heavy metal, el punk, el new wave, los New Romantics y una televisión que convirtió la imagen en parte fundamental de la identidad. En los 90 aparecieron el grunge, el hip-hop, la cultura rave y nuevas formas de expresar el desencanto. Después llegaron los 2000, Internet, los foros, MySpace, el emo, el pop-punk y las primeras comunidades digitales donde un adolescente podía construir una identidad que ya no dependía exclusivamente de su barrio, su escuela o sus amigos.
Cambiaron las tribus, cambiaron las canciones y cambiaron las maneras de mostrarse, pero había algo que permanecía intacto: la necesidad de encontrar a otros que entendieran nuestros códigos.
No eran solamente modas. Eran lugares donde encontrarse. Un chico que se vestía de determinada manera, escuchaba determinada música y frecuentaba determinados lugares estaba diciendo algo sobre sí mismo. Estaba buscando una identidad, pero también una comunidad. Las culturas juveniles han cumplido históricamente esa función: permiten construir una identidad personal y colectiva, compartir símbolos y establecer códigos propios. Por eso resulta demasiado sencillo mirar una tendencia desde afuera y reducirla a una simple moda. Detrás de una camiseta, un peinado, una canción, un baile o una determinada manera de hablar puede existir algo mucho más profundo: el deseo de ser reconocido. Y ese deseo no pertenece a una generación concreta. Nos acompaña prácticamente desde que comenzamos a preguntarnos quiénes somos y qué lugar ocupamos entre los demás.
Y entonces llegamos a 2026. Ahora algunos jóvenes están “farmeando aura”. La expresión puede parecernos absurda. Incluso puede provocarnos una sonrisa. “Farmear” viene del lenguaje de los videojuegos y hace referencia a repetir determinadas acciones para conseguir recursos, experiencia o puntos. “Aura”, en este nuevo lenguaje juvenil, representa algo parecido al carisma, la presencia, el estilo o esa capacidad de llamar la atención. Así aparecen las llamadas “batallas de aura”: jóvenes que realizan poses, gestos, movimientos o actuaciones delante de otros mientras el público observa, reacciona y decide quién tiene mayor presencia.
La tendencia nació en el entorno digital, pero durante 2026 comenzó a trasladarse a las calles y a convertirse en una experiencia presencial.
Ahora bien, pensemos un momento antes de reírnos. ¿Qué hacía un punk cuando se vestía como punk? Probablemente estaba diciendo: “Mírame. Soy diferente”. ¿Qué hacía un adolescente de los 90 cuando se ponía una determinada camiseta, escuchaba determinada música y buscaba a otros que compartieran sus gustos? De alguna manera estaba diciendo: “Estos son los míos”. ¿Y qué hace hoy alguien que intenta “farmear aura”? Quizás está diciendo exactamente lo mismo: “Mírame”. “Reconoceme”. “Decime que valgo”.
La diferencia es que ahora existe una audiencia permanente. Antes necesitábamos una plaza, un bar, una discoteca, un recital o una esquina. Hoy tenemos una cámara en el bolsillo y una pantalla capaz de mostrarnos ante miles de personas. La necesidad humana no cambió. Cambió el escenario.
Y aquí aparece algo que me parece particularmente interesante. Estas batallas no se están quedando exclusivamente dentro de las pantallas. Jóvenes que podrían estar consumiendo contenido individualmente están reuniéndose físicamente para participar, mirar, reírse, competir y compartir códigos. En Logroño, por ejemplo, alrededor de 300 jóvenes participaron recientemente en una batalla de aura organizada por dos adolescentes de 14 años. La psicóloga infantojuvenil Elena Anguiano valoró la experiencia como una manifestación creativa y social propia de la adolescencia y destacó precisamente el componente de encuentro que tiene este tipo de actividad.
Esto resulta casi paradójico. Durante años los adultos les dijimos a los jóvenes que estaban demasiado encerrados en las pantallas. Les reprochamos que ya no se reunían, que no hablaban cara a cara, que habían perdido determinadas formas de interacción social. Y ahora, cuando algunos de ellos salen a una plaza y convierten un código nacido de Internet en una actividad colectiva, volvemos a mirarlos desde afuera y preguntamos qué demonios están haciendo. Quizás deberíamos detenernos un poco. No necesariamente porque todo lo que hagan sea bueno o tenga un significado trascendente, sino porque detrás de esa conducta aparentemente absurda puede existir una necesidad perfectamente comprensible: encontrarse con otros. Hacer algo juntos. Ser parte de una experiencia que los demás entiendan.
También hay algo más. Vivimos en una época en la que ser visto se convirtió casi en una moneda social. Las redes sociales transformaron la mirada de los demás en una especie de contador permanente: seguidores, comentarios, reproducciones, “me gusta”, visualizaciones. En ese contexto, “farmear aura” parece convertir directamente el carisma en un juego. Si una determinada pose provoca una reacción, suma aura. Si una actuación consigue reconocimiento, suma aura. Si hacemos algo que nos hace parecer seguros, originales o interesantes, sumamos aura.
Es una manera lúdica de convertir en puntos algo que los seres humanos llevamos siglos buscando: la aprobación de los demás.
Y aquí aparece una pregunta que también podemos mirar desde la fe. ¿Qué ocurre cuando nuestra necesidad de ser reconocidos comienza a determinar cuánto creemos que valemos? El Evangelio nos recuerda algo que puede parecer sencillo, pero que tiene una enorme profundidad: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Marcos 1, 11).
Antes de hacer nada extraordinario, antes de conseguir reconocimiento, antes de demostrar quiénes somos ante los demás, existe una dignidad que no depende de la cantidad de miradas que recibimos. Para el cristianismo, el valor de la persona no se construye a partir de los aplausos de los demás, sino que parte de ser amada por Dios.
Quizás ahí encontremos una de las grandes diferencias entre buscar “aura” y descubrir verdaderamente quiénes somos. Una cosa es querer ser visto; otra, muy distinta, es necesitar permanentemente que los demás nos confirmen que tenemos valor. Y esto ya no es solamente un asunto de jóvenes. También nosotros, adultos, podemos pasar buena parte de nuestra vida intentando acumular nuestros propios “puntos de aura”: reconocimiento profesional, aprobación social, dinero, prestigio, seguidores o simplemente la necesidad de sentir que alguien nos considera importantes. El problema comienza cuando olvidamos que nuestra dignidad no debería depender de ese contador invisible.
Pero no deberíamos pensar que esta necesidad nació con TikTok. Mucho antes de Internet ya existían escenarios donde los jóvenes competían por reconocimiento, construían personajes y buscaban convertirse en alguien dentro de su grupo. Incluso existen paralelismos históricos con las batallas de la cultura ballroom de los años 80, donde determinadas comunidades construían espacios propios de expresión, competencia, identidad y reconocimiento social. Evidentemente, los contextos no son iguales y no sería correcto equipararlos, pero la comparación permite observar algo interesante: cuando una generación necesita expresarse, crea sus propios escenarios y sus propios códigos.
Tal vez deberíamos dejar de mirar a los jóvenes solamente para preguntar qué hacen y comenzar a preguntarnos qué están buscando. Porque detrás del punk, del grunge, del emo, de las tribus urbanas, de MySpace, de TikTok y ahora del “aura”, probablemente encontremos siempre al mismo ser humano. Alguien que quiere ser aceptado. Alguien que quiere pertenecer. Alguien que necesita sentirse importante para alguien. Alguien que busca construir una identidad antes de saber exactamente quién es. Y eso no empezó en TikTok. Eso empezó mucho antes. Probablemente empezó cuando nosotros mismos éramos jóvenes y necesitábamos encontrar nuestro lugar en el mundo.
La diferencia es que ahora todo queda registrado. Nosotros también hicimos cosas que nuestros padres no entendían. También tuvimos modas que ellos consideraban absurdas. También nos vestimos de determinada manera, escuchamos música que ellos despreciaban, utilizamos palabras que ellos no comprendían y buscamos lugares donde sentirnos parte de algo. La mayoría de esas cosas desaparecieron con el tiempo. No quedaron millones de videos almacenados en Internet para recordarnos cada tontería que hicimos a los dieciséis años. Ellos sí tienen esa posibilidad. Cada gesto puede convertirse en video.
Cada ocurrencia puede volverse viral. Cada momento de vergüenza puede quedar para siempre en una pantalla. Quizás esa sea una de las grandes diferencias entre su juventud y la nuestra. Por eso, la próxima vez que veamos a un grupo de adolescentes “farmeando aura”, quizás podamos permitirnos algo diferente a la burla. Podemos sonreír, por supuesto. Podemos no entender el código. Podemos incluso pensar que algunas cosas son ridículas. Pero también podemos reconocer algo profundamente humano detrás de todo aquello. Quieren ser vistos. Quieren pertenecer. Quieren probar quiénes son. Quieren encontrar a otros que compartan su lenguaje. Quieren sentirse importantes durante unos minutos en un mundo que muchas veces les exige demasiado y les ofrece muy pocos espacios donde simplemente puedan ser jóvenes.
Porque, en el fondo, todos hemos intentado alguna vez “farmear aura”. Solo que en nuestra época lo llamábamos de otra manera. Queríamos caer bien. Queríamos ser admirados. Queríamos tener nuestro grupo. Queríamos que alguien nos mirara y dijera: “Vos sos de los nuestros”. Cambian las palabras, cambian las modas, cambian los escenarios y cambian las herramientas. Pero esa necesidad permanece. Tal vez la verdadera pregunta no sea por qué los jóvenes quieren tener aura. Tal vez deberíamos preguntarnos por qué el ser humano necesita tanto que los demás reconozcan su existencia. Y quizá, cuando encontremos la respuesta, entendamos que los jóvenes de hoy no son tan diferentes de aquellos que alguna vez fuimos nosotros.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 82 que corresponde al mes de septiembre de 2026.
