“Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol” (Eclesiastés 3-1)
En este espacio personal que Nacho me permite disponer dentro del boletín, que está de cumpleaños —siete años de permanencia, de libertad narrativa, de constante cambio y crecimiento—, quiero reflexionar en voz alta sobre el paso del tiempo en nuestra vida y en todo aquello que nos rodea.
Me gusta mucho mirar fotos de mi antiguo yo, con pelo, jajaja, con ese corte tazón texturizado y nuca crecida, peinado icónico de los 90, y desde ahí recorrer mi historia, mis diferentes etapas y cada una de ellas con historias y momentos que fueron calando, dejando huella en mi interior y, lo más importante, dejando un aprendizaje.
En mi caso, siempre me consideré un “bicho raro”, complicado para relacionarme con los demás, desconfiado, alerta, pero, al mismo tiempo, observando qué ocurría a mi alrededor. También tiene que ver el ambiente donde crecí: padre dominante, madre que asentía sin decir mucho, una abuela que a cada rato competía por el liderazgo en el hogar y un abuelo que acompañaba esos momentos de lucidez, sacándote de ese círculo vicioso.
Así crecí. Donde te contaban una realidad que no era. El control con las amistades, recortar sus visitas y las salidas, con la excusa de que era peligroso por la dictadura que se había instalado en el país desde el 76; aquí hablamos de los años 81 y 82.
Animarse un día a romper la estructura de control y sentirse muy raro con otros chicos de tu edad; ni hablar del primer amor, que me fue arrebatado para no dejarme ver que vivir era posible. Y un día, el 26 de marzo de 1989, domingo de Resurrección, todo cambió: apareció Jesús en mi historia y me invitó a cambiar de vida, a entender que vivir es posible y que no tenés que ser sumiso ni aceptar a personas que son tóxicas en tu vida.
Luego de amigos maravillosos y experiencias increíbles, el 10 de junio de 1995, aparece Fernanda en mi historia, un desafío enorme para mí, donde lo que viví de chico en mi casa, en la suya era lo contrario, como el agua y el aceite. Nos casamos; ya hace 29 años que estamos juntos y de esta unión llegó el mayor regalo que Dios me dio: María Ariadna, mi hija.
En ella no me veo reflejado, porque no le estoy dando la vida que me dieron, sino que ella me enseña hoy cómo debo vivir aún la vida. Por eso, el paso del tiempo es tan importante para una persona, porque hay que ser valientes para dar pasos, justos en los momentos que se nos presentan, romper con aquellas personas que no quieren nuestro bien, sino que nos perjudican, aunque sean de sangre y muy cercanas, y aceptar que tenemos el derecho de vivir, de ver pasar el tiempo y permitirnos crecer.
Por venir de una familia, tanto de parte de padre como de madre, en la que no tuvimos, junto a mi hermano mayor Ernesto, la presencia de tíos, la vida, por medio de Fer, me obsequió dos: Francis y Cristina. Los quiero como si siempre hubieran estado allí. Aunque lo bueno llegue tarde, les puedo asegurar que son maravillosos a mis 61 años.
El paso del tiempo en cada uno es crucial: darse la oportunidad de crecer, de ver qué hicimos mal y no volver a repetirlo, de tomar las cosas buenas y de las malas sacar la enseñanza que nos dejan. Y lo más importante y más difícil: perdonar a los que nos hicieron y hacen daño. No es fácil, pero tampoco imposible. En mi caso, siempre me aferro al madero, a los pies del Maestro, para que me ayude, para que alivie este corazón de piedra por uno de carne, para que me engrandezca la misericordia que no tengo, pero sé que, con el paso del tiempo, todo algún día lo será.
“Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne”. (Ezequiel 36-26)
De mí depende.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde España
Alfredo Musante Martínez
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 83 que corresponde al mes de octubre de 2026.
