Mi querido y gentil lector, este reflexivo Director viene notando que, con el paso de los años, hay una palabra que comenzó a aparecer cada vez con más frecuencia en su vida. No porque alguien se la repitiera hasta el cansancio. No porque estuviera de moda. Simplemente porque empezó a verla en todas partes: ciclo.
Y no me refiero solamente a los grandes acontecimientos de la vida. No. Hablo de esas pequeñas cosas que suceden todos los días y que, por vivirlas tan seguido, dejamos de prestarles atención.
El café que comienza caliente y termina frío. Una charla que empieza entre desconocidos y acaba en una amistad. Un libro que durante semanas nos acompaña en la mesa de luz hasta que, una noche cualquiera, llegamos a la última página y lo cerramos con esa extraña mezcla de satisfacción y nostalgia.
“Pero, Sr. Director… ¿no será que usted está demasiado filosófico últimamente?”
Permítame disentir, mi sagaz lector. Piense por un instante en su propia vida. Estoy convencido de que, mientras lee estas líneas, ya comenzaron a desfilar por su cabeza personas que estuvieron y ya no están. Trabajos que alguna vez parecían eternos. Proyectos que nacieron con un entusiasmo desbordante y hoy descansan en algún cajón. Y también, por supuesto, sueños que parecían imposibles y que, casi sin darse cuenta, un día terminaron convirtiéndose en realidad.
Porque esa es la naturaleza de los ciclos. Empiezan. Se desarrollan. Y terminan. Lo curioso es que solemos celebrar con bombos y platillos los comienzos. Nos encantan los primeros días. El primer trabajo. La primera cita. El primer viaje. El primer paso de un proyecto que promete cambiar el mundo.
Pero qué poco preparados estamos para aceptar los finales, como si terminar algo fuera siempre una derrota. Este Director, que ya lleva algunos inviernos sobre los hombros, sospecha que ocurre exactamente lo contrario. Muchas veces, un final no es un fracaso. Es, simplemente, el espacio que la vida necesita para que algo nuevo encuentre dónde crecer. Hay vínculos, costumbres, trabajos e incluso versiones de nosotros mismos que, por más cariño que les tengamos, ya cumplieron su misión.
Este observador Director también aprendió otra cosa: los ciclos no siempre terminan cuando nosotros queremos. A veces se adelantan. A veces se estiran más de la cuenta. Y, en más de una oportunidad, recién entendemos por qué sucedieron muchos años después.
La vida tiene esa costumbre de explicar tarde algunas de sus mejores decisiones. Tal vez por eso convenga dejar de pelear tanto con los cambios. No todos llegan para quitarnos algo. Algunos vienen, precisamente, para devolvernos aquello que habíamos perdido sin darnos cuenta.
Así que, si hoy siente que una etapa está llegando a su fin, no se apresure a vestirla de tragedia. Quizás solo esté asistiendo al maravilloso privilegio de ver cómo la vida prepara el escenario para el próximo acto. Después de todo, si algo nos enseña el tiempo es que cada final lleva escondido un principio, esperando pacientemente su turno para entrar en escena.
Tenemos la obligación de ser felices. Y, quizás, esa felicidad también consista en aprender cuándo abrazar un comienzo… y cuándo agradecer un final.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Argentina
Ignacio Bucsinszky
Este artículo esta publicado en el boletín digital, número 81, que corresponde al mes de agosto de 2026.
