Con esta sutil interrogante se dirigió la Madre de Dios a san Juan Diego un 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac, queriendo dejar su presencia en una tilma como signo de amor y protección.
Más que una pregunta, se trata de un diálogo con la humanidad que continúa vigente.
Soy laica católica, por revelación y por devoción; la segunda ha resultado ser consecuencia de la primera. Durante muchos años —ya he perdido la cuenta de cuántos— me he dedicado a la búsqueda incansable de la Virgen María. Sí, así como lo leen. Y me animo a decir que no ha sido en vano.
Todo comenzó con un sueño: el sueño de ser madre. Y así ocurrió.
Recuerdo vivamente haber participado, en carácter de voluntaria, en varios grupos de apostolado mariano, uno tras otro… Aquello, sencillamente, no funcionó.
Sin embargo, la inquietud inicial continuaba gestándose, al tiempo que Ella, la Virgen María, se iba mostrando en mi vida y haciéndose protagonista de las escenas más cotidianas que pudiesen imaginar.
Ahora soy madre de dos hijas, también esposa, y estoy segura de que, para poder llevar adelante tan invaluable misión, he necesitado de la presencia de la Virgen María.
Ella siempre está. Entiéndanlo bien: siempre está. Es la Madre de la humanidad porque Jesús, estando en la cruz, en un sublime acto de amor, quiso dejar una Madre para toda la creación: “Hijo, he ahí a tu madre” (Jn 19, 26-27).
Expresé al iniciar esta reflexión que soy católica por revelación y por devoción. Esto quiere decir que primero María se reveló a mi vida para que, desde esa relación, pudiera yo amarla también.
¿Cómo?
La respuesta es muy simple: siendo la madre que ella me ha pedido ser. Y no son necesarias muchas evidencias, mucho menos explicaciones.
En respuesta a lo anterior, quise llevar a la razón aquellas revelaciones que hoy asumo sin vergüenza, más bien como un regalo. Comencé, entonces, a estudiar teología, en serio.
Y la respuesta ha sido una:
Dios se ha revelado a la humanidad eligiendo a una mujer para encarnarse en ella por obra del Espíritu Santo. Y, una vez que aquella mujer dio el “sí”, todo cambió…
Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios. Y María, Madre de Dios, dando su “sí” una y otra vez por ti y por mí.
Suena sencillo, pero una cosa es decirlo o leerlo y otra muy distinta es creerlo.
Yo lo creí y deseo que tú también lo creas, sin hacer el más mínimo intento de convencer a nadie. Tal y como lo vivo, lo expreso, sin temor.
Gracias por haberte revelado, morenita de mi corazón.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Venezuela
Isabella Orellana
-Este artículo está publicado en el boletín digital, número 81, que corresponde al mes de agosto de 2026.
