Mi querido y gentil lector, este inquieto Director vuelve una vez más a encontrarse con ustedes para llevarlos, como ya es casi una mala costumbre, por algún rincón de nuestra existencia en donde seguramente algo se nos va a mover. Hoy quiero hablarles de una expresión que seguramente todos hemos escuchado alguna vez: “patear el tablero”. Qué bonita imagen, ¿no? Uno tranquilamente sentado, con todo medianamente ordenado, las piezas acomodadas y, de pronto, viene el individuo y ¡PUM!, patada al tablero y todas las piezas volando por el aire.
Pero, Sr. Director: “¿esto no es un poco irresponsable? ¿No deberíamos cuidar aquello que hemos construido, nuestro trabajo, nuestra profesión, nuestra estabilidad?”
Sí, claro. No estoy proponiendo que mañana todos renunciemos, vendamos nuestras casas y aparezcamos en el Tíbet en un templo budista diciendo “ahora sí encontré mi verdadero yo”.
Aunque la imagen tiene cierto atractivo…
De lo que quiero hablar es de la posibilidad de cambiar. Vivimos gran parte de nuestra existencia encasillados. Somos el abogado, el médico, el técnico, el comerciante, el que trabaja de esto desde los veinte años porque estudió para eso y, por algún extraño motivo, se supone que ese será nuestro camino hasta la jubilación. ¿Y si no? ¿Quién decidió que porque estudiamos una carrera tenemos que dedicarle toda la vida? ¿Quién decretó que porque aprendimos un oficio tenemos que morir dentro de él?
Porque hay algo que este desprolijo Director quiere recordarles: podemos hacer lo que queramos con nuestra vida. No necesariamente mañana, no sin esfuerzo, no sin consecuencias y seguramente tampoco sin miedo. Pero podemos. Podemos estudiar otra cosa, aprender un oficio nuevo, cambiar de ciudad o de país, comenzar un emprendimiento o recuperar una vieja pasión.
Patear el tablero no significa necesariamente tirar todo a la mierda. A veces significa simplemente mover una pieza. Empezar un curso, mandar ese currículum o comenzar ese proyecto que hace años duerme dentro de nuestra cabeza juntando polvo.
Tal vez no necesitamos destruir la partida. Tal vez necesitamos recordar que somos nosotros quienes estamos jugando.
Así que, queridos lectores, cuando sientan que algo dentro suyo pide movimiento, anímense a mover una pieza. Y si alguna vez realmente hace falta… Bueno. Pateen el tablero.
Quizás descubramos que aquello que parecía un desastre era simplemente la vida dándonos la posibilidad de volver a jugar. Recuerden que tenemos la obligación de ser felices, sentirnos completos y animarnos a cumplir nuestros sueños.
La vida es un suspiro.

Para ANUNCIAR Informa (AI)
Desde Argentina
Ignacio Bucsinszky
Este artículo esta publicado en el boletín digital, número 82, que corresponde al mes de septiembre de 2026.
